lunes, 2 de junio de 2014

Seda salvaje de Eloy Tizón. Reseña


Cae circunstancialmente en mis manos Seda salvaje, (novela finalista Premio Herralde 1995) de Eloy Tizón, que leo con atención. Es una novela corta que transcurre durante los meses previos a la celebración de la boda entre Fátima y Seoane, el yo narrativo.
Describe la obsesión del narrador, “yo era un niño intrigado que espiaba en la escalera”, dominado por la curiosidad por las vidas ajenas, tanto que trabaja en una aseguradora lo que le permite acercarse impunemente a la intimidad de los demás. “Me fascinaba, al enfrentarme a una reunión laboral con varias personas, tratar de averiguar por alguna menudencia las relaciones escondidas que mantenían” (p. 16)
 Contrata un detective privado para vigilar a su novia Fátima, pero algo ocurre que trastoca sus intenciones de manera que el detective entra en su vida del mismo modo que él entraba en la de los demás. Se convierte en el espía espiado.
Su obsesión se revela constantemente en la novela, no solo por el desarrollo de la acción en busca siempre de respuestas a secretos sino también en pequeños detalles de su comportamiento. Así lo vemos, conmovido, hundiendo la vista en los objetos que hay en un bolso, un cofre de tesoros cuya propietaria va esparciendo fuera mientras es observada, “Yo no me movía, no respiraba, me encontraba desarmado ante ese voluntario strip-tease” hasta que pone el bolso boca abajo y el yo narrativo siente “la cercanía de una explosión orgiástica” (p. 82). La dueña del bolso, Betania, le permite recoger esos “rescoldos de su vida” y volverlos a meter dentro, dando lugar al comienzo de una relación amorosa que va a durar veinte días, con sus encuentros en la habitación de un humilde hotel de techos “color rosa ácida” (p. 86) donde consumen su “hora de lujuria
Mientras él, Seoane, mantiene este efímero vínculo, Fátima lo mantiene con un desconocido joven que va a visitar a escondidas al hospital, del que apenas sabemos nada. Y entre ambos, el investigador que entra y sale de la vida de todos.
En la novela, según transcurre su desarrollo, aun cuando no hay tensión narrativa, crece el interés del lector y crece la sorpresa ante el uso de una prosa creativa brillante en la que las metáforas sorprenden. La imagen de “chica mentolada” de Fátima, la visión de su cabello cortado le parece al narrador “estar admirando la cola de un cometa privado de su rumbo” (p.62), describe al detective Sagunto  como el hombre “que vivía solo, cocinaba solo, dormía solo, como si exudase aislamiento y el tufo de la soledad afectase a la manera de un ácido a los objetos del cuarto” (p. 64). El amor de la pareja adopta tintes negativos; el narrador comenta que fue para su novia Fátima solo “un mal cristal, un vidrio roto, empañado, con aristas sanguinarias” porque cree que Fátima si “se asomó a mí esperando disfrutar un horizonte soleado solo pudo distinguir un camerino en desorden con vistas al matadero”.
Hay una “intensidad lírica” en esa búsqueda del protagonista de respuestas a secretos, a conspiraciones que cree ver en los otros. Somete a la vigilancia de un detective privado a su novia, en busca de respuestas que nunca llegarán porque el desenlace se acelera antes de aclararlas. Queda pues, en el aire, sin resolver, la razón de las escapadas de Fátima y sus visitas al convento, incluso la escena que precipita el final, en la que la novia huye, en medio de su boda, en busca de un estuche enterrado que contiene su rubia cabellera.
Eloy Tizón sabe manejar muy bien el lenguaje. Veamos una de las escenas de tono irónico en la que consigue dar una curiosa sensación de movimiento entre dos personajes torpes y al mismo tiempo tan reales, dos “títeres de guiñol con las camisas planchadas, movidos por los hilos de una asamblea invisible”:
Forcejeamos con el estuche de Fátima y saltaron por los aires el pelo y la pistola. Primero tuve yo el revólver y luego lo tuvo Sagunto. Cayó el revólver. Agarré la pistola. Me quitó la pistola. Recuperé el ramo. La tuvo él, blandiéndola ante mi vista. La acaparé yo, aquella forma de hierro, de gelatina, sin saber qué hacer con ella. Me apuntó con el ramo. Le amenacé con la trenza. El ruido del mar fue en aumento.” (p. 139)
La novela en suma, es tan obsesiva en la repetición de situaciones como obsesiva es la personalidad del yo narrativo. Por eso apenas hay tensión dramática y por eso sorprende el inesperado desenlace.