domingo, 21 de mayo de 2017

Guerra de Fuego. Novela histórica

Recién publicada esta "Guerra de fuego" que trata sobre los últimos años de Numancia, se presentó el pasado 11 de mayo en la Librería Popular. Contó con la presencia de Arturo Tendero quien abrió el acto con sus afectuosas palabras de presentación y dio la palabra al ilustrador de la portada, Chema Arake, y a la autora Nani García de León. 


El argumento de esta novela es muy emocionante y la historia inolvidable. Sus personajes destacan por dignificar la condición humana. Trata sobre una interesante etapa de la historia, la de los habitantes de Numancia, de la que todo el mundo conoce el desenlace pero pocos saben qué ocurrió para llegar a ese punto. Fue un difícil recorrido que condujo a los pueblos de la Meseta del Alto Duero directamente a la destrucción.

El título "Guerra e Fuego" (así la definió el historiador romano Polibio), describe la extraordinaria naturaleza de estos rebeldes hispanos que prefirieron morir antes que perder la libertad. La historia comienza en el año 138 a.c. y termina con la completa destrucción de Numancia en el verano de 133 a.c., en total cinco años. Se ahonda en la historia de los numantinos que no fue una guerra sino una lucha por la libertad.
Además del interés de los personajes de ficción y de sus sentimientos y vivencias, destaca el trabajo de investigación histórica que proporciona a la novela un atractivo valor divulgativo por la precisión en los detalles de la cotidianidad familiar y social: cómo hacer la cerveza, huir pieles, enterramientos, ceremonias y festejos varios, actividad en los talleres de metal, alfarería, etc.

El próximo viernes 2 de junio 2017 se presentará la novela en su cuna, Soria, en la Sala Gaya Nuño del "Círculo Amistad Numancia", a las 20 horas.
Para quien le apetezca comprarla, está disponible (de momento) en:
SORIA: Librería Las Heras
www.lasheras.net
ALBACETE: Librería Popular
www.popularlibros.com

martes, 21 de marzo de 2017

ESPERPENTOS DIARIOS. 21. Venganza en la publicidad

Hay dos clases de anuncios publicitarios en los que intervienen o se hace referencia a los niños porque a ellos va destinado el producto: los que provocan una sonrisa y los que hacen fruncir el ceño. Los dos llaman la atención pero por distintos motivos.
Me hace sonreír la publicidad de Haribo, “vamos a hablar de los favoritos Haribo”- comienza un miembro adulto de una reunión en torno a una mesa. Y cada uno de los ejecutivos allí reunidos va dando su opinión, juguetones y amables como niños: “una montañita blandita y dulce”- dice el primero imitando la entonación infantil y mostrando el dulce que tiene esa forma, “me pongo los platanitos en la boca y soy un vampiro”- dice el segundo, “Boing, boing, boing, el osito es astronauta y se come un plátano” juega el tercero, “el corazón”-exclama con emoción el cuarto, mostrando un corazón que le quita de la mano el miembro más serio y sorprendido de la reunión, una mujer cuya seriedad se transforma con el dulce Haribo en la mano, que muestra al tiempo que dice, “es mi favorita y cuando la como me siento una princesa”.
Qué distinto es el anuncio publicitario de salchichas Campofrío. Nunca imaginé que para vender salchichas era necesario presentar a unos padres amenazados por unos niños siniestros que parecen tener en su mano el bienestar de los padres y por supuesto la venganza, a largo plazo, si no obedecen sus deseos.
Todo comienza con una madre que ofrece a su hijo un plato de espinacas con garbanzos (parece). El niño no habla pero su expresión es la del muñeco diabólico. Debe estar pensando qué haría con el plato en ese momento.



Oímos una voz en off : “Espera. ¿De verdad le vamos a hacer esto a nuestros hijos? Mira que ellos algún día pagarán nuestra pensión. Y van a se ellos los que chantajearán a nuestros nietos para que nos vayan a ver”. La ruindad de estos hijos es tan grande como para esperar incluso a tener ellos sus propios hijos para vengarse. Y vemos la imagen de otra niña sin dientes, con un tic en el ojo y la misma expresión de odio ante su cena, un plato de sopa.
Sigue la voz en off: “Piénsalo, ¿quién te va a cambiar las pilas del sonotone? Porque ellos no olvidan”. Y vemos el rostro muy afectado de un padre que mira aterrado a un siniestro niño que viene en un cochecito de pedales, después de dejar en la cama del padre, la cabeza arrancada de un peluche. Nos recuerda la película El Padrino, en la que una cabeza cortada de caballo, sangrante, aparece en la cama de un productor de Hollywood que no ha querido dar un papel a un personaje en su película.
Porque ellos no olvidan”- dice la voz mientras vemos la imagen: unos niños, con gesto hostil, cavando un agujero en la tierra. Seguramente disfrutan pensando a quienes van a castigar enterrando en esa tumba.
Pero, vamos a ver, ¿quién te va a explicar lo que es la nube?”- continúa la voz-  ¡¡Para qué queremos saberlo si nos habrán metido en ese agujero!!

Así que, pensándolo bien…” -sigue la voz en off mientras vemos a un niño con un folleto que anuncia una Residencia de ancianos, ¿cómo pueden ser estos niños tan previsores?  (En la presentación posterior de este anuncio, Campofrío sustituye el folleto de la Residencia de ancianos" por un folleto que anuncia Aprender Inglés en una Escuela de Idiomas). Pues bien, -concluye la voz- “Vamos a darles lo mejor ahora, porque ellos lo harán mañana, la única  de pollo con forma de salchicha”. En ese momento la joven madre del comienzo pone delante del niño el plato con dos salchichas, eso sí inexplicablemente acompañadas de guisantes, zanahorias y patata cocida y el niño deja en la mesa el folleto. Pues sí que son raros estos niños, crueles y siniestros pero comen verduritas.
El miedo de los padres está presente en todo el anuncio. La venganza de los niños si no consiguen lo que desean, planea en todo él. ¿Qué clase de valores morales venden junto a las salchichas?

Lo correcto sería darles salchichas solo porque los queremos y hemos comprobado su valor alimenticio. Ser padre después de ver este anuncio es jugarse la vida. ¡Jeje!





domingo, 19 de marzo de 2017

El pueblo de las cabras de José Martínez Alcolea

¿Una novela neorruralista?

  
Con un nuevo escritor se amplia la nómina de la Historia de la literatura en Albacete. Se trata de José Martínez Alcolea que el pasado 10 de marzo presentó en la Biblioteca Pública de Albacete El pueblo de las cabras.
La novela se puede inscribir en el moderno movimiento, iniciado con Intemperie de Jesús Carrasco, denominado “narrativa rural” por unos, “neorruralismo” por otros. La moda resurge, después de un largo periodo en el que el protagonista ha sido el espacio urbano. Cela (La familia de Pascual Duarte), Delibes (Las ratas) y más tarde Llamazares o Luis Mateo Díez, entre muchos otros, mostraron su preferencia por este territorio rural del que dejaron imprescindible recuerdo, preferencia que fue postergada en la década de los 80. Las novelas que actualmente se inscriben en esta tendencia, vuelven a lo rural, no en cuanto que enmarcan sus historias en dicho espacio sino porque sus personajes buscan sus raíces en el ámbito rural.
Esa es el camino de Óliver Cuchillo que regresa al pueblo de las cabras en una vuelta a sus orígenes, en la búsqueda simbólica de esas raíces familiares, en un intento de hacer las paces con los poderosos fantasmas de su infancia, de recuperar una existencia pacífica que, en ningún caso, debemos confundir con un estado de “beatus ille” horaciano. Óliver se enfrenta a la naturaleza hostil, al poder representado por las cabras que provocadoras se acercan y vigilan todos los días, esperando el momento de apoderarse del pueblo, de sus calles, de sus casas…
Comienza la novela con un capítulo cero, que presenta a las protagonistas-coro de la obra, las cabras, observando expectantes, que merodean el pueblo habitado por las risas y el bullicio de sus habitantes que ha revivido cada noche después de una dura jornada de trabajo. El yo narrativo juega abiertamente, desde el principio del relato, anunciando el futuro inmediato de la historia narrada desde el pasado, mediante insistentes condicionales (simples o en forma de perífrasis): “habrían de venir los años oscuros”, “muchos se irían”, los niños “crecerían”, los jóvenes “cogerían el camino de la vega”, “nunca ya habrían de volver”, y el pueblo “empezó a dormir una siesta de la que nunca habría de despertar”. Las cabras empezaron a ganar terreno.  
El dilema que se plantea desde el principio y que queda abierto para que el lector espere el desarrollo y desenlace de la historia e interprete ese “tal vez” que anuncia la duda: ¿volverán a pasear libres por las calles de este pueblo seco y marchito o volverán asustadas al monte? Esas cabras, símbolo de la desaparición de la vida en el pueblo de las cabras, que nos hace recordar La lluvia amarilla del Ainielle de  Llamazares, están presentes como una persistente amenaza de fondo, imparable en su lento avance, a lo largo de toda la novela. Es curioso el giro que dará esa sombría premonición, cuando el joven Óliver decide volver e instalarse con su perro y el niño vietnamita en el pueblo. 
En ese mismo capítulo cero se presenta ya a los últimos habitantes del pueblo: Juan y Rosa, el fantasma de la madre de Rosa, Anselmo, Cande y Luisa, Cándida, Juanjo, Enriqueta, todos ellos matizados con sabias pinceladas que las caracterizan, a unas con mimo, a otras con crueldad. La pluma del narrador sabe conseguirlo.
Después de esta presentación, el capítulo uno lo protagoniza Óliver Cuchillo. El autor no puede resistirse a su debilidad por los condicionales que anuncian el futuro y describe el espacio que recuerda Óliver : “No tardaría mucho el mar en…, no tendría el día otro remedio que …” . No hay alusiones todavía, al entorno geográfico del pueblo de las cabras, sin embargo el recuerdo de la ciudad a la que regresan siempre, después de unos días en el pueblo, tiene concretas referencias que le fascinan: el mar, la fábrica de cementos, la visión de la ciudad desde arriba, etc., estampas que alegran al protagonista cuando regresan de nuevo, desde el pueblo a la cotidianeidad de la ciudad, con un padre, Damián Cuchillo, que humilla con cualquier motivo al hijo, Óliver, tan débil siempre ante su crueldad. En esta ocasión es Óliver, junto a Rayo, el perrillo de su hermana Lucía cuyas cenizas viajan con ellos en una urna y Leo, el niño vietnamita recién adoptado, quienes regresan al pueblo, dejando atrás la ciudad, tal vez para siempre. Del pueblo sabemos que está “detrás de la curva de la carretera nueva”, cerca de una pequeña aldea en ruinas, junto al cauce seco de lo que fue un río,  que hacía fértil  la tierra de sus riberas y próspero al pueblo. Esta es otra de las características que conectan esta novela con el neorruralismo del que hablábamos al comienzo.
A partir del capítulo dos, el narrador vuelve atrás en el tiempo para contar la historia del niño-joven Óliver y de su padre Damián. Esta relación entre ambos, sabe el autor bordarla, poco a poco, sin descripciones pesadas sino mediante recuerdos puntuales de la relación del padre con los demás personajes de su entorno: la tía Luisa y Cande (personajes tratados tan amorosamente por el narrador, que ocupan un lugar muy importante en la historia). Estos juegos entre presente (el viaje hacia el pueblo de las cabras) y el pasado (los recuerdos) están engarzados a lo largo de la historia. Incluso la visión mágico-realista del mundo está presente en esos recuerdos. La conversación entre Cande y Luisa que se presenta en un diálogo directo (en cursiva, pp. 40 a 46) y que el narrador utiliza para relatar la relación entre ambas, sin abusar de la presencia omnisciente del narrador, nos sorprende cuando sabemos por Óliver, testigo directo de esta conversación paranormal, que las dos mujeres habían muerto la noche anterior. La misma referencia al realismo mágico se hace cuando uno de los personajes, Anselmo, después de beber una tercera botella de vino para tener fuerzas, oirá los golpes en el tejado que, en la noche de los muertos, da su madre que “vendrá a recordarle que pronto lo arrastrará con ella al infierno”(p. 82).  En otro capítulo, Óliver siente el contacto cálido de la mano de su hermana en la pierna, cuando llega al pueblo a esparcir las cenizas de ella, que transporta en una urna. Hay momentos en que incluso el paisaje parece irreal cuando “la luz del sol, ya tenue, bañaba los trigos secos del valle de un color dorado” (p. 193)
Los recuerdos de las historias de las gentes del pueblo, Anselmo el “tontolpueblo”, el seboso cura Ceferino y el misterio de su muerte, la pobre Cándida con su corazón roto (otra historia en la que el narrador se entretiene, poniéndola en boca de su tía Luisa, importante voz en esta novela (pp. 88-96), seguida de la historia de Juanjo Osorio, el primero y único amante de Cándida, hacen inolvidables a estos personajes, así como la magia que impregna que el río estuviera seco cuando los habitantes del pueblo de las cabras bajaron a “lavar la negritud que el agua del olvido les había traído”. Era el tiempo en que la cabras más se acercaron a las casa del pueblo.
Si embargo, el personaje que domina a Óliver con su presencia es su padre. Junto al cura Ceferino son los que salen peor parados en su historia. Damián Cuchillo domina a su mujer Marisa y a su hijo, incluso hasta después de muerto, momento en el que el narrador recurre de nuevo al apoyo que le ofrece el uso del subjuntivo y del condicional, para expresar las dudas que corroen a Óliver: “Si hubiese hablado con él…, si se hubiese enfrentado…, si hubiera sido capaz de…, podría haber sentido…”. Son pensamientos que acuden a él durante el viaje que inicia en el comienzo de la novela y que redundan en la insistente caracterización del personaje, un personaje cruel que ha estigmatizado especialmente a su hijo quien crece con la esperanza de que su padre en algún momento morirá y su vida empezará a cambiar. Lucía, su hermana, queda libre de esa influencia, sin embargo su historia, otra más en la novela, es de gran ternura, fortaleza y generosidad y enlaza de modo original con la historia del niño adoptado, Leo, las semanas pasadas en Hanoi y el viaje de vuelta a España, desde Vietnam.
Son clave en la novela las voces narrativas: la del narrador omnisciente, la de Óliver Cuchillo y la de la tía Luisa, contadora de las mágicas historias de los habitantes del pueblo de las cabras. Y el soporte de la novela son estas historias engranadas en los recuerdos del viaje de Óliver, Rayo, Leo y las cenizas de Lucía, durante el camino de regreso al pueblo de las cabras.
Al autor se le escapan algunas líneas que chirrían porque son reflexiones en boca del narrador, aunque este las atribuya a los pensamientos de un personaje: Es el caso del comentario acerca del color gris de los coches (p. 29): “Pensó que el gris es el color de aquellos que no tienen ilusión, un color para los que no se conforman (…) es el color de los mediocres y de los mezquinos”. No puedo imaginar al personaje, en ese momento tan trascendente de su vida, rodeado antes de tanta mediocridad y tanta mezquindad, pensando en el simbólico color gris de los coches, pero solo es mi opinión.  
Algo parecido sucede cuando en una 3ª persona indeterminada habla de Óliver, el niño marcado e incluye su reflexión: “Con frecuencia se dice que aquellos marcados por una infancia desgraciada arrastran la cicatriz de esos días el resto de su vida. A menudo exhiben, dicen, un carácter…”  (p.158). En estas ocasiones la novela pierde su calidad de relato para entrometerse el narrador sicólogo.
La novela en su conjunto tiene una coherente estructura y un preciso uso de las voces narrativas. Insistimos en su cercanía con la corriente de narrativa rural por la motivación del personaje principal en busca de sus raíces, porque queda algo difuminado el tiempo y el espacio real de la historia y la escasas alusiones a ambas percepciones de la realidad, por la importancia de la influencia que la familia (crónica de la misma) tiene sobre el protagonista, por la profundización en la descripción del carácter de los personajes, por la relación hombre-naturaleza y por esa atmósfera rural que invita al simbolismo y que juega con sentimientos como la venganza, el odio, el perdón, en suma con las relaciones entre los seres humanos.

Una estupenda novela.

¡¡Enhorabuena!! para José Martínez Alcolea

jueves, 16 de febrero de 2017

Instrumental de James Rhodes.


Una autobiografía impactante

Con la recomendación de que lo leyera, me regalaron este libro sin más explicación. ¡Música! ¡Una autobiografía de un pianista de 39 años!
El primer capítulo (con la precisión “la música me la pone dura” despertó mi interés pero interpreté erróneamente su significado. Una hipérbole positiva-pensé. Nada más lejos de la realidad). Todos los capítulos comienzan con una explicación de una composición musical clásica para piano, de la que el autor relata alguna anécdota, de la propia composición o de su autor, despertando sin duda el interés del lector. Nunca antes había leído una reflexión sobre la música asociada a un relato vivencial. Siempre ha sido al revés. La música era la que acompañaba al relato. En este libro, no. Esa originalidad resultaba muy atractiva.
Encantada comencé a leerlo pero llevaba solo dos feroces páginas cuando el escalofrío se apoderó de mí. Esa música era la que oía mientras su profesor de boxeo “abusaba” de él. “No es abuso cuando un hombre de 40 años te viola y te convierte en  su juguete”, esa palabra se queda corta. También llorar –cuenta- se la pone dura.
El libro, donde narra su calvario, sufrió un embargo judicial tras la denuncia de su ex-mujer, que consideraba que lo explícito, escabroso y sórdido de las descripciones y la dureza del lenguaje agresivo y directo del texto, podría herir a su hijo. El Tribunal Supremo, después de un largo proceso judicial, autorizó su publicación con la explicación siguiente en la sentencia: “Una persona que ha sufrido del modo en que el apelante ha sufrido y que ha luchado para hacer frente a las consecuencias e su sufrimiento de la forma en que él ha luchado, tiene derecho a hablarle al mundo sobre todo ello.”
Su autobiografía se compone de violaciones (desde los siete años), drogas, alcohol, autolesiones, intentos de suicidio, psiquiátricos, pérdidas y rupturas. Todo lo cual pone de relieve la fragilidad del ser humano y la milagrosa superación de esta terrible existencia gracias a la música. El deseo del autor de que el libro “ojalá sirva para que otros aprendan de él lo que nunca debería experimentar un ser humano”, me trae a la memoria el didactismo del Arcipreste de Hita en el Libro de Buen Amor, en el que bajo la intención de invitar al lector a practicar el “buen amor”, explicita con jugosas anécdotas medievales en que consiste el “loco amor”, ese que deben evitar los lectores a quienes se está aleccionando. Me lo recuerda solo por la intención didáctica, nada más, porque el contenido de Instrumental no despierta ni una leve sonrisa. He tardado en leerlo porque tenía que respirar y rehacerme del impacto de lo leído, antes de continuar con el capítulo siguiente.
“Me violaron a los seis años. Me internaron en un psiquiátrico. Fui drogadicto y alcohólico. Me intenté suicidar cinco veces. Perdí la custodia de mi hijo. Pero no voy a hablar de eso. Voy a hablar de música. Porque Bach me salvó la vida. Y yo amo la vida”- son las tremendas palabras del autor, James Rhodes, en la contraportada del libro.
La composición musical que inicia cada capítulo, está unida y relacionada a alguna situación de su vida que no relata linealmente sino que a veces avanza en el tiempo, a veces retrocede en esta durísima cadena de confesiones: victimismo, tristeza, autodestrucción… en la que también cabe el amor, la amistad y la vida. Y sobre todo ello su pasión terapéutica por la música y el piano. J. Rhodes transmite al lector la pasión de su vida, la música
A pesar del orden en capítulos de la obra, hay dos partes bien diferenciadas: la que habla de la música, derribando prejuicios, y la que habla de su vida, confesión con la que se desahoga, ambas perfectamente imbricadas.
Como anuncia la propaganda comercial:

Instrumental’ no os dejará indiferentes: lo odiaréis o lo amaréis.

Pero tenéis que leer el libro.



lunes, 23 de enero de 2017

SUPERLATIVO COLOQUIAL: LENGUA VIVA

En la lengua coloquial hay una fuerte tendencia hiperbólica para enfatizar la cualidad. La lengua ya tiene sus propios mecanismos de intensificación: el superlativo.
El adverbio muy y el sufijo –isimo se utilizan indistintamente para construir el superlativo en español pero es la segunda opción la que parece aportar mayor énfasis en el habla. Cansadísima parece tener más fuerza en su significado que muy cansada. Con la misma intención el hablante realza el énfasis del significado de una palabra que no lo necesita, añadiéndole el adverbio del superlativo, por ejemplo muy formidable, muy horrible, o añadiendo el sufijo en estupendísimo, friísimo, solterísimo, etc., e incluso en gentilicios, españolísimo. A veces se combina el adverbio y el sufijo para mayor intensificación: muy listísima.
Apenas utilizado ahora, hay un sufijo culto, -érrimo, solo para unos pocos adjetivos, celebérrimo, paupérrimo, que no se utiliza en el nivel coloquial.
Otro modo de intensificar el habla se consigue creando una construcción con el artículo neutro y el adverbio más: es lo más tonto que he visto,  a veces precedido de preposición, es de lo más tonto que he visto, y otras veces sin el adverbio y con un sufijo diminutivo, es de lo mejorcito que hay. Incluso un sustantivo o un infinitivo precedidos de preposición pueden también funcionar como superlativos:  tonto de remate, loca de atar
Muy frecuente, asimismo es el uso intensificador de superlativo mediante adverbios terminados en –mente, enormemente aburrido, con prefijos enfáticoss  re-, requete- , super-, extra-, hiper- mega-, unos más modernos que otros: superguay, megafeliz (megahappy) e incluso con un diminutivo que funciona como superlativo, camina deprisita.
La repetición de palabras de cualquier variedad morfológica tienen asimismo este mismo carácter intensificador: Este detergente lava blanco blanco, estoy muy muy preocupada.
La creatividad popular del hablante da como fruto curiosas locuciones. La moda va dando paso a unas y eliminando otras. Qué guay, cómo mola, es cojonudo, está de puta madre, es pistonudo, mola mogollón, mola mazo, etc., son de uso informal, procedentes del argot juvenil o del uso coloquial que se imponen en la lengua durante un tiempo determinado, no muy largo. Estos curiosos usos se imponen por su expresividad. Destacaré un par de ellos en pleno uso hoy:
Esta peli no es cómica, sino lo siguiente. Tú no eres tonta, lo siguiente. Surge el interrogante: quien me lo dice ¿pretende que yo busque el adjetivo que corresponde a este superlativo? O ¿es que quien la emite es incapaz de encontrarlo? Aquí la respuesta está a caballo entre si el original hablante juega con la lengua o padece de notable incompetencia comunicativa pero lo cierto es que ambos, hablante y oyente, comprenden muy bien el significado intensificador  de la expresión y confirma el sentido gregario de los hablantes.
La expresión ha provocado un gran revuelo en las redes sociales, en las que ha surgido la denominación del fenómeno como “siguientismo”, detractores de esta expresión que incluso han creado un premio para quien construye una frase en la que el primer término es tan hiperbólico que no admite otro mayor que pueda estar en lugar de “lo siguiente”. Porque puede ponerse en tela de juicio decir “lo siguiente”, si se sabe perfectamente a que se refiere. En los foros se lee como ejemplo “Vuestro trabajo es majestuoso no, lo siguiente” pero enseguida surge alguien que aporta el vocablo que podría estar ese lugar: Lo siguiente de majestuoso sería imperioso. Realmente se pone de relieve que siempre puede haber un término que exprese un valor de mayor contundencia que el primero.


En la misma línea semántica de hiperbolizar la realidad mediante el superlativo, tenemos otra expresión que oímos con frecuencia: se caga la perra, vulgar y zafia en sí misma pero sumamente extendida entre los hablantes, que avisa de que algo va a causar notable impacto. Se caga la perra cuando se anuncia lo extraordinario del plato que voy a comer, cuando suponemos el resultado de una espectacular fiesta, cuando se van a quedar boquiabiertos por mi nuevo maquillaje.
Leo en el Diario Hoy, digital, de Valverde de Leganés, (22 enero 2017) una explicación a la aparición de esta expresión. Relata el autor del artículo (Fernando Negrete) que es una típica expresión extremeña, que significa algo parecido a “te vas a enterar” y que un grupo de jóvenes de la localidad la tomaron del acervo lingüístico extremeño, hace ocho años, y con ella dieron nombre a una murga de carnaval a la que pertenecían, veterana ya en la localidad, que sale a escena todos los años. Tiene sentido esta explicación, si realmente su origen es esa expresión extremeña,  ya que en la base de las creaciones de las chirigotas de las murgas está la crítica, que puede producir más de un dolor de tripa a  quien la oiga.
La lengua, como ser vivo, está en constante crecimiento y evolución, sobre todo crece en la acumulación de frases hechas, de carácter popular, de sectores juveniles creativos que constituyen lo que los académicos denominan "criterio de uso" cuando se trata de aceptar o no una palabra que se ha instalado en la lengua y se ha fijado, superando lo efímero de muchas otras. El tiempo dará cuenta de estas dos expresiones que acabamos de ver.