domingo, 19 de marzo de 2017

El pueblo de las cabras de José Martínez Alcolea

¿Una novela neorruralista?

  
Con un nuevo escritor se amplia la nómina de la Historia de la literatura en Albacete. Se trata de José Martínez Alcolea que el pasado 10 de marzo presentó en la Biblioteca Pública de Albacete El pueblo de las cabras.
La novela se puede inscribir en el moderno movimiento, iniciado con Intemperie de Jesús Carrasco, denominado “narrativa rural” por unos, “neorruralismo” por otros. La moda resurge, después de un largo periodo en el que el protagonista ha sido el espacio urbano. Cela (La familia de Pascual Duarte), Delibes (Las ratas) y más tarde Llamazares o Luis Mateo Díez, entre muchos otros, mostraron su preferencia por este territorio rural del que dejaron imprescindible recuerdo, preferencia que fue postergada en la década de los 80. Las novelas que actualmente se inscriben en esta tendencia, vuelven a lo rural, no en cuanto que enmarcan sus historias en dicho espacio sino porque sus personajes buscan sus raíces en el ámbito rural.
Esa es el camino de Óliver Cuchillo que regresa al pueblo de las cabras en una vuelta a sus orígenes, en la búsqueda simbólica de esas raíces familiares, en un intento de hacer las paces con los poderosos fantasmas de su infancia, de recuperar una existencia pacífica que, en ningún caso, debemos confundir con un estado de “beatus ille” horaciano. Óliver se enfrenta a la naturaleza hostil, al poder representado por las cabras que provocadoras se acercan y vigilan todos los días, esperando el momento de apoderarse del pueblo, de sus calles, de sus casas…
Comienza la novela con un capítulo cero, que presenta a las protagonistas-coro de la obra, las cabras, observando expectantes, que merodean el pueblo habitado por las risas y el bullicio de sus habitantes que ha revivido cada noche después de una dura jornada de trabajo. El yo narrativo juega abiertamente, desde el principio del relato, anunciando el futuro inmediato de la historia narrada desde el pasado, mediante insistentes condicionales (simples o en forma de perífrasis): “habrían de venir los años oscuros”, “muchos se irían”, los niños “crecerían”, los jóvenes “cogerían el camino de la vega”, “nunca ya habrían de volver”, y el pueblo “empezó a dormir una siesta de la que nunca habría de despertar”. Las cabras empezaron a ganar terreno.  
El dilema que se plantea desde el principio y que queda abierto para que el lector espere el desarrollo y desenlace de la historia e interprete ese “tal vez” que anuncia la duda: ¿volverán a pasear libres por las calles de este pueblo seco y marchito o volverán asustadas al monte? Esas cabras, símbolo de la desaparición de la vida en el pueblo de las cabras, que nos hace recordar La lluvia amarilla del Ainielle de  Llamazares, están presentes como una persistente amenaza de fondo, imparable en su lento avance, a lo largo de toda la novela. Es curioso el giro que dará esa sombría premonición, cuando el joven Óliver decide volver e instalarse con su perro y el niño vietnamita en el pueblo. 
En ese mismo capítulo cero se presenta ya a los últimos habitantes del pueblo: Juan y Rosa, el fantasma de la madre de Rosa, Anselmo, Cande y Luisa, Cándida, Juanjo, Enriqueta, todos ellos matizados con sabias pinceladas que las caracterizan, a unas con mimo, a otras con crueldad. La pluma del narrador sabe conseguirlo.
Después de esta presentación, el capítulo uno lo protagoniza Óliver Cuchillo. El autor no puede resistirse a su debilidad por los condicionales que anuncian el futuro y describe el espacio que recuerda Óliver : “No tardaría mucho el mar en…, no tendría el día otro remedio que …” . No hay alusiones todavía, al entorno geográfico del pueblo de las cabras, sin embargo el recuerdo de la ciudad a la que regresan siempre, después de unos días en el pueblo, tiene concretas referencias que le fascinan: el mar, la fábrica de cementos, la visión de la ciudad desde arriba, etc., estampas que alegran al protagonista cuando regresan de nuevo, desde el pueblo a la cotidianeidad de la ciudad, con un padre, Damián Cuchillo, que humilla con cualquier motivo al hijo, Óliver, tan débil siempre ante su crueldad. En esta ocasión es Óliver, junto a Rayo, el perrillo de su hermana Lucía cuyas cenizas viajan con ellos en una urna y Leo, el niño vietnamita recién adoptado, quienes regresan al pueblo, dejando atrás la ciudad, tal vez para siempre. Del pueblo sabemos que está “detrás de la curva de la carretera nueva”, cerca de una pequeña aldea en ruinas, junto al cauce seco de lo que fue un río,  que hacía fértil  la tierra de sus riberas y próspero al pueblo. Esta es otra de las características que conectan esta novela con el neorruralismo del que hablábamos al comienzo.
A partir del capítulo dos, el narrador vuelve atrás en el tiempo para contar la historia del niño-joven Óliver y de su padre Damián. Esta relación entre ambos, sabe el autor bordarla, poco a poco, sin descripciones pesadas sino mediante recuerdos puntuales de la relación del padre con los demás personajes de su entorno: la tía Luisa y Cande (personajes tratados tan amorosamente por el narrador, que ocupan un lugar muy importante en la historia). Estos juegos entre presente (el viaje hacia el pueblo de las cabras) y el pasado (los recuerdos) están engarzados a lo largo de la historia. Incluso la visión mágico-realista del mundo está presente en esos recuerdos. La conversación entre Cande y Luisa que se presenta en un diálogo directo (en cursiva, pp. 40 a 46) y que el narrador utiliza para relatar la relación entre ambas, sin abusar de la presencia omnisciente del narrador, nos sorprende cuando sabemos por Óliver, testigo directo de esta conversación paranormal, que las dos mujeres habían muerto la noche anterior. La misma referencia al realismo mágico se hace cuando uno de los personajes, Anselmo, después de beber una tercera botella de vino para tener fuerzas, oirá los golpes en el tejado que, en la noche de los muertos, da su madre que “vendrá a recordarle que pronto lo arrastrará con ella al infierno”(p. 82).  En otro capítulo, Óliver siente el contacto cálido de la mano de su hermana en la pierna, cuando llega al pueblo a esparcir las cenizas de ella, que transporta en una urna. Hay momentos en que incluso el paisaje parece irreal cuando “la luz del sol, ya tenue, bañaba los trigos secos del valle de un color dorado” (p. 193)
Los recuerdos de las historias de las gentes del pueblo, Anselmo el “tontolpueblo”, el seboso cura Ceferino y el misterio de su muerte, la pobre Cándida con su corazón roto (otra historia en la que el narrador se entretiene, poniéndola en boca de su tía Luisa, importante voz en esta novela (pp. 88-96), seguida de la historia de Juanjo Osorio, el primero y único amante de Cándida, hacen inolvidables a estos personajes, así como la magia que impregna que el río estuviera seco cuando los habitantes del pueblo de las cabras bajaron a “lavar la negritud que el agua del olvido les había traído”. Era el tiempo en que la cabras más se acercaron a las casa del pueblo.
Si embargo, el personaje que domina a Óliver con su presencia es su padre. Junto al cura Ceferino son los que salen peor parados en su historia. Damián Cuchillo domina a su mujer Marisa y a su hijo, incluso hasta después de muerto, momento en el que el narrador recurre de nuevo al apoyo que le ofrece el uso del subjuntivo y del condicional, para expresar las dudas que corroen a Óliver: “Si hubiese hablado con él…, si se hubiese enfrentado…, si hubiera sido capaz de…, podría haber sentido…”. Son pensamientos que acuden a él durante el viaje que inicia en el comienzo de la novela y que redundan en la insistente caracterización del personaje, un personaje cruel que ha estigmatizado especialmente a su hijo quien crece con la esperanza de que su padre en algún momento morirá y su vida empezará a cambiar. Lucía, su hermana, queda libre de esa influencia, sin embargo su historia, otra más en la novela, es de gran ternura, fortaleza y generosidad y enlaza de modo original con la historia del niño adoptado, Leo, las semanas pasadas en Hanoi y el viaje de vuelta a España, desde Vietnam.
Son clave en la novela las voces narrativas: la del narrador omnisciente, la de Óliver Cuchillo y la de la tía Luisa, contadora de las mágicas historias de los habitantes del pueblo de las cabras. Y el soporte de la novela son estas historias engranadas en los recuerdos del viaje de Óliver, Rayo, Leo y las cenizas de Lucía, durante el camino de regreso al pueblo de las cabras.
Al autor se le escapan algunas líneas que chirrían porque son reflexiones en boca del narrador, aunque este las atribuya a los pensamientos de un personaje: Es el caso del comentario acerca del color gris de los coches (p. 29): “Pensó que el gris es el color de aquellos que no tienen ilusión, un color para los que no se conforman (…) es el color de los mediocres y de los mezquinos”. No puedo imaginar al personaje, en ese momento tan trascendente de su vida, rodeado antes de tanta mediocridad y tanta mezquindad, pensando en el simbólico color gris de los coches, pero solo es mi opinión.  
Algo parecido sucede cuando en una 3ª persona indeterminada habla de Óliver, el niño marcado e incluye su reflexión: “Con frecuencia se dice que aquellos marcados por una infancia desgraciada arrastran la cicatriz de esos días el resto de su vida. A menudo exhiben, dicen, un carácter…”  (p.158). En estas ocasiones la novela pierde su calidad de relato para entrometerse el narrador sicólogo.
La novela en su conjunto tiene una coherente estructura y un preciso uso de las voces narrativas. Insistimos en su cercanía con la corriente de narrativa rural por la motivación del personaje principal en busca de sus raíces, porque queda algo difuminado el tiempo y el espacio real de la historia y la escasas alusiones a ambas percepciones de la realidad, por la importancia de la influencia que la familia (crónica de la misma) tiene sobre el protagonista, por la profundización en la descripción del carácter de los personajes, por la relación hombre-naturaleza y por esa atmósfera rural que invita al simbolismo y que juega con sentimientos como la venganza, el odio, el perdón, en suma con las relaciones entre los seres humanos.

Una estupenda novela.

¡¡Enhorabuena!! para José Martínez Alcolea