sábado, 18 de mayo de 2013

ESPERPENTOS DIARIOS. 11. Uno de viajes en tren

Una amarga historia.
Los trenes de hoy ya no son como los de antes. Entre la película que exhiben pantallas que cuelgan del techo, con su consiguiente aislamiento en forma de auriculares individuales, y los móviles que son una extensión natural de las extremidades humanas, nadie conversa como antes en los compartimentos de aquellos ralentizados trenes, en los que, frente a frente, los viajeros pasaban largas horas, compartían sus viandas, e intercambiaban todo tipo de confidencias. Tal vez pensaban mirando a su interlocutor: "puedo contarte cualquier cosa, porque ni te conozco ni te volveré a ver".
Pero a veces, esporádicamente, por una extraña razón, surge la conversación en estos deshumanizados trenes actuales, una conversación inevitable, como ocurrió la otra tarde. Iba yo de viaje hacia un lugar de la costa mediterránea, cuando un fuerte golpe frenó el tren casi en seco, lanzándonos peligrosamente hacia el asiento delantero. Alguien había activado la emergencia, a pesar de las amenazas de penalización por ello. No debía ser un acto banal pues. Una puerta abierta del tren, mostrando la dureza de la tierra reseca, junto a las vías, alertó nuestra conciencia. Enseguida corrió como la pólvora, entre viajeros asustados por lo inesperado e inexplicable del caso, la noticia: una mujer se había arrojado a la vía.
Otra, que antes viajaba a su lado, temblaba nerviosa, porque las confidencias de la desaparecida habían destapado el drama de una mujer que, profundamente enamorada, había sufrido el desengaño definitivo de su amante. Mientras él le daba generosas pruebas de su amor, desatada la lengua por los efectos liberadores del alcohol, parece ser que le dijo: "Te lo debía. Te lo tenía que decir. Hay una chica que está enamoradísima de mí. Ahora ¿entiendes lo que significan mis últimos poemas?", porque el tipo debía ser uno de esos contadores de sílabas de recalcitrante rima, que seguramente oculta su incapacidad de desarrollar sentimientos auténticos, y una vez desinhibido, dejaba salir su tendencia natural perversa. 
Lo que entendió esta mujer es que él no amaba a nadie más que a sí mismo, y de rebote creía amar solo a aquellas que mostraban cierta inclinación a su arte de seducción, un Valmont cualquiera, que practicaba con ingenio el arte de embaucar a las emocionalmente simples, débiles o frágiles. Y sintió que un agudo puñal se clavaba en su nuca, la descabellaba literalmente, era el remate definitivo de una tóxica relación. Más aún cuando en tres sucesivas ocasiones, sintiéndose morir, le demandó ayuda, y él, según contó la mujer, guardó un delator silencio. No pudo digerir su dolor y después de abrir su alma a una desconocida, que no captó como una despedida el alcance de la confesión del dolor en sus palabras, se lanzó al vacío desde el tren, sin que nadie pudiera evitarlo.
La historia me ha impresionado, tanto por la fidelidad de ella como por la bajeza de él. Que conste que tardaré una buena temporada antes de coger otro tren. Yo también tengo el corazón quebrantado.

3 comentarios:

Luis Morales dijo...

¡Muchas gracias! Siempre tan sutil.

peparuibal dijo...

Tía, ¿qué fuerte! ¿es verdadera la historia?

garcileon dijo...

Es literatura, no periodismo, ¿no crees? Pura ficción literaria.