jueves, 19 de septiembre de 2013

José Luis Sampedro. El río que nos lleva


18 de septiembre: la Filmoteca de Albacete, comienza el ciclo Recuerdo..., dentro de su programación de otoño, con el homenaje a José Luis Sampedro, fallecido el pasado abril (2013), homenaje promovido por el Ateneo Albacetense y la Plataforma Legado José Luis Sampedro. Su legado literario relacionado con el cine, queda representado en la proyección de la película El río que nos lleva, dirigida en 1988 por Antonio del Real, después de padecer mil obstáculos para conseguir su producción.
Es la única novela llevada a la pantalla, a pesar de ser reconocida la potencialidad fílmica de la obra narrativa de Sampedro.  Fue publicada en 1961, y Antonio del Real  explica cómo leyó la novela en el tren, camino de Aranjuez y cuál fue la motivación que le impulsó a llevarla a la pantalla:
"Me enamoré de ella porque mi padre había tenido relación con la maderada y los troncos en Cazorla, sitio donde nací; yo era muy niño cuando veía a mi padre con los capataces a caballo transportando los troncos por el río Guadalquivir; es una imagen que tengo grabada en mi mente y que vi plasmada en el libro de José Luis". 

El guión es de Antonio Larreta y José Luis Sampedro. La música de Lluis Llach y Carles Cases. Fotografía de Federico Ribes. El reparto reúne actores tan interesantes como Alfredo Landa, Tony Peck, Eulalia Ramón, Santiago Ramos, María Pardo, Fernando Fernán-Gómez, Antonio Gamero y Concha Cuetos.
Con El río que nos lleva, J. L. Sampedro plantea el paralelismo entre el río (fenómeno natural y la vida de los habitantes. La acción transcurre en el marco de la sociedad rural castellano-manchega, en la que el Tajo constituye un lugar de vida y muerte, espacio mítico de la novela. He aquí la descripción del río:
"Pues el alto Tajo no es una suave corriente entre colinas, sino un río bravo que se ha labrado a la fuerza un desfiladero en la roca viva de la alta meseta. Y corroe infatigable la dura peña saltando en cascada de un escalón a otro, como los que han dado nombre a aquella hoz. Sí, el esfuerzo del río continúa: lo demuestra el aspecto caótico de obra a medio hacer, con los desplomes de tierra al pie de los acantilados, las enormes peñas rodadas desde lo alto hasta en medio del cauce, la rabia de las aguas y el espumajeo constante. El río bravo sigue adelante, prefiriendo la soledad entre sus tremendos murallones, aislado de la altiplanicie cultivada y de sus gentes, para que nadie venga a dominarle con puentes o presas, con utilidades o aprovechamientos. Los pueblos le huyen, asustados por las bajadas al barranco y temerosos de las riadas. Apenas los pastores y los trajinantes se le acercan por necesidad. Sólo los gancheros se atreven a convivir con él, y aún así parece encabritarse para sacudirse los palos de sus lomos y enfurecerse más aún contra los pastores del bosque flotante."(p. 42)
Narra la historia de los gancheros, hombres cuadrilleros, que arrastran pinos, corriente abajo, desde el alto Tajo (en la serranía ibérica) hasta las riberas de Aranjuez, en su última “maderada”. El río es el testigo de alegrías y tristezas, del aislamiento y de las duras condiciones de vida. La vida fluye simbólicamente del mismo modo que el río lleva los troncos, y la historia de los personajes avanza por la geografía, al mismo compás que los troncos de madera, descortezados, río abajo, dando nombre a los capítulos  los lugares por los que transitan: La Escaleruela, Alpetea, Huertahernando, La Tagüenza, Oterón, Ocentejo, Sotondo, Azañón, Trillo, Viana, La Esperanza, Entrepeñas, Anguix, Zorita de los Canes, Mazuecos, Buenamesón, El Regolfo, Aranjuez.

Mapa desplegable, En ed. Aguilar, Madrid 1961, 1ª ed.
Si la película destaca por la belleza de sus enclaves geográficos, no se quedan atrás las sugerentes descripciones de la novela:
(…) aquella comarca tan llana, le hacían sentirse extraño, como quien no reconoce su camino. Pero mientras avanzaba sobre la recta interminable de la carretera, percibía el ímpetu geológico de la serranía más intensamente que en los barrancos y convulsiones de las peñas. El altiplano era la tierra levantándose toda entera, en macizo bloque y sin esfuerzos parciales, como la tensa piel de un tambor exasperado. Hasta los pinares y las sabinas se enrarecían allí para dejar tan solo tierra pura, en ansia de altitud. En lo alto chocaban grandes nubarrones cenicientos, agitados por extrañas fuerzas, y entre el llano y el ceñudo cielo del invierno avanzaba inquieto el caminante como entre las placas de un condensador cósmico  (pp.13-14)

Termina la historia con un desenlace que retrata a su autor: triunfa la dignidad y la solidaridad, que se defiende a lo largo de toda la novela.