martes, 1 de septiembre de 2015

Lorenzo Silva. Música para feos.

Somos feos pero tenemos la música” es el verso de Leonard Cohen que da pie al título de esta novela. El núcleo, el motor narrativo es el desarrollo de un sentimiento amoroso que  relata desde su origen una voz femenina, la de la narradora. La música (cita fragmentos de la letra de 21 canciones) está presente en cada uno de los encuentros, sirviendo de mensaje entre la pareja de personajes; la música se utiliza como metáfora de sus sentimientos amorosos. La relación avanza con esas citas de canciones que le van dando sentido.
Importa el desarrollo de los sentimientos, por eso la narradora insiste en que no va a desentrañar sus complejos sentimientos y en ningún caso se va a distraer relatando sus “batallas sexuales”.  Lo que quiero contar –dice- dejando a la imaginación y a la preferencia de cada cual los detalles concretos, son las sensaciones con que se fue armando mi convicción de que aquel hombre era el hombre
La historia resulta original y convincente. A ella la conocemos bien, en cambio la personalidad de él está rodeada de un secreto que hasta el final no se desvela, por lo que se mantiene cierto interés e intriga.
Un par de elementos narrativos me llaman la atención. El primero es el uso literal de diálogos on-line que mantienen la pareja a través de Skype, en un momento de la historia en que están alejados uno de otro. Ya tanteó este terreno Lorenzo Silva en su novela El Blog del Inquisidor (Destino, 2008) en el que se reunía el espacio virtual de Internet y el hallazgo de un blog, junto al recurso tradicional del “manuscrito encontrado” que nos remite a una novela histórica situada en tiempos de la Inquisición, en el siglo XVII (http://www.revistadeletras.net/habitos-del-hombre-actual-en-la-novela-internet-y-correo-electronico/). Sin embargo estos diálogos, por alguna razón carecen de emoción.

El segundo elemento narrativo, interesante, es la reflexión sobre la vida y la felicidad. Tal como transcurren los acontecimientos, la protagonista da su opinión sobre la vida: “Lo que cuenta es ese instante, la aventura fugaz que se nos concede, cómo la vivimos y la recordamos mientras se nos da la oportunidad” (p. 145). Lorenzo Silva disfruta contando la felicidad de encontrar a quien amar con pasión, sea cual sea el desenlace de la historia. Sin embargo insiste en el hecho de que lo narrado es pura ficción que nada tiene que ver con personajes reales. Insiste en ello porque la historia tiene un gran margen de credibilidad, y de emoción cuando plantea cómo el alma es un “amasijo de emociones” que hace que unos ojos acostumbrados a fijar el blanco tras la mira del fusil, se empañen de lágrimas. E inevitablemente el lector se conmueve ante la formulación de un dilema moral sin respuesta única. No debo decir más.