jueves, 20 de agosto de 2015

Hiromi Kawakami. El cielo es azul, la tierra blanca.

Una historia de amor. Premio Tanizaki en 2001
He recorrido un largo camino,
el frío penetra mi ropa gastada.
Esta tarde el cielo está despejado,
¡cómo me duele el corazón!
                       Seihaku Irako

La taberna de Satoru es el lugar de encuentro entre Tsukiko Omachi que tiene unos 40 años y el maestro Harutsuna Matsumoto de 65 años, quien le dio clase de japonés en el instituto.  Se trata del reencuentro entre dos solitarios, unidos por la cerveza y el sake, separados inevitablemente por el desfase de la edad. Ella no tenía ningún recuerdo significativo de su maestro ni le entusiasmaban sus clases, ni había vuelto a verlo. Coinciden en la taberna de la estación, beben juntos y pagan por separado. Con un desarrollo extraordinariamente lento y sin apenas tensión dramática, Tsukiko, la narradora, relata en primera persona su experiencia interior.
Esta mujer independiente, marca su actitud inconformista acudiendo sola a la taberna, bebiendo y pagándose sus copas, establece un vínculo con el maestro porque no es un hombre que impone, porque merece la pena escucharlo, porque no es una amenaza, la entretiene, desprende autoridad y prestigio y despierta en ella respeto y admiración. En principio solo le llama la atención su voz, “no era muy grave, pero tenía un matiz profundo y vibrante. Al oír aquella voz, me fijé en el hombre de que procedía”- dice Tsukiko.
Este encuentro acaba derivando en un sentimiento amoroso, una “relación formal”, la llama el maestro, “basada en el amor mutuo”:  beben juntos, escriben y leen haikus, juegan al pachinko, hacen excursiones, pero mantienen su distancia. Es una relación basada solo en el amor romántico.
Tsukiko se encuentra con su maestro solo de vez en cuando y sufre ataques de soledad. En uno de ellos entona una canción de invierno y al llegar a la tercera estrofa no recuerda los últimos cuatro compases. Antes de que se eche a llorar, aparece el maestro y completa la letra de esos compases. El título de la novela es el último verso que ella recuerda cuando la canta.
El maestro es un misterioso personaje zen, delicado, que parece establecer entre Tsukiko y su mujer fallecida una especie de karma, en el sentido de que hay una conexión con su vida anterior, algo parecido a una reencarnación, parece creer. Karma, como término budista, es comprendida como la energía que todos nos llevamos de nuestras vidas anteriores y que condiciona nuestras vidas futuras.
El maestro es la clave en el desarrollo narrativo. Casi todos los capítulos comienzan haciendo una referencia a él. Tsukiko relata, ordenado en el tiempo, el desarrollo de su aprendizaje, reflejando con ello la creencia budista de su maestro, de que la vida es un camino y hay que manejar con delicadeza esas etapas de la vida. Se representan las etapas de esta ruta en espacios simbólicos que constituyen el itinerario marcado por el maestro: el mercado, el bosque donde buscan setas, la fiesta anual del picnic de primavera, el salón de juegos, el cementerio en la isla (donde está enterrada su esposa y, en un ritual acto simbólico, el maestro cierra un ciclo y abre otro), el museo de arte, el acuario y en su cuarto (escena final). La historia transcurre con la presencia constante de las costumbres japonesas. Dado que los dos personajes principales pasan mucho tiempo juntos comiendo y bebiendo es comprensible que se nombren numerosas japonesas, más cuando se muestra  cómo disfruta Tsukiko con la comida (tofu hervido con bacalao y crisantemo, pepinos con pulpa de ciruelas saladas, rodajas de berenjena fresca con jengibre y salsa de soja, repollo condimentado con salvado de arroz, sashimi, cocido con nabo y albóndigas de pescado, oreja marina en salsa de soja con wasabi, etc.)
Muchos de los capítulos terminan con la presencia de la naturaleza, simbólica o real: un árbol, el alcanforero que susurra “ven, ven” a los pájaros que agitan sus ramas; las flores del cerezo que “parecen transparentes bañadas por la blanca luz de la luna”; el maestro y Tsukiko que siguen caminando despacio “embriagados por los efluvios primaverales que flotaban en el ambiente. La luna dorada brillaba el cielo”. Y no solo hay lirismo en la descripción de la naturaleza al final de los capítulos, sino que este lirismo enmarca el fluir de los dos protagonistas por los espacios simbólicos que constituyen la ruta del aprendizaje, que antes se mencionaban.