jueves, 20 de marzo de 2014

Ana María Moix

28 de febrero de 2014: Ana María Moix engrosa la larga lista de muertos desde que comenzó el año.
Comenzó su andadura en 1968 cuando José María Castellet la incluyó en su antología Nueve novísimos españoles. Desde 1969 a 1973 su actividad literaria fue muy variada: publicó tres poemarios (reunidos posteriormente con el título A imagen y semejanza), un par de novelas (Julia y Walter ¿por qué te fuiste?), un libro de relatos (Ese chico pelirrojo a quien veo cada día), artículos varios, un libro infantil (La maravillosa colina de las edades primitivas) y su primera traducción (La Semana Santa de Louis Aragón). 
La poeta de la "gauche divina", después de un paréntesis de más de diez años, volvió a la creación literaria con un par de libros de relatos, una novela, numerosas traducciones de obras de S.Beckett, Marguerite Duras, Françoise Sagan, etc. Dirigió las colecciones de poesía y relatos en las editoriales Plaza&Janés y Bruguera.

Hace unas cuantas décadas, tropecé casualmente con el libro de relatos que lleva el título del último del libro, Ese chico pelirrojo a quien veo cada día, publicado en 1971. Desde el primer momento pasó a situarse en el estante de los libros favoritos, libro que regalé a cuantos amigos lectores conocí en aquella etapa, y que leí y releí para mí y para quien me quiso escuchar durante unas cuantas docenas de ocasiones.
Son relatos inquietantes que, según palabras de la propia autora hay que leer "buscando sensaciones, no imágenes. Es como un cuadro abstracto".
En esta colección de relatos, A.Mª Moix manipula los elementos reales y los combina de un modo tan peculiar que da lugar a un universo irreal y extraño cuyas raíces siguen ancladas a la realidad cotidiana narrada. Es un mundo fantástico en el que se mira el mundo común de una manera no común. El resultado salta los límites de lo verosímil.
Los elementos fantásticos aportan al relato una triple dimensión: producen en el lector un efecto sorprendente -miedo, curiosidad...- , su presencia permite una organización en torno a la intriga y lo descrito no tiene realidad fiera del lenguaje. Se distorsionan situaciones, desviándolas de la realidad de la que parten e se insertan, en estas distorsiones, expansiones imprevisibles
La forma exagerada de la distorsión es el suspense, que la escritora consigue mediante procedimientos de retardamiento -en los que la narración transcurre morosamente lenta- y reactivación -acelerando la acción. Los acontecimientos se suceden rápidamente y se llega a un final imprevisto, chocante por tal imprevisión. En ello radica la clave de la inverosimilitud (Leer Ese chico pelirrojo a quien veo cada día y Las nutrias no piensan en el futuro.
Tras los límites de su mundo irreal, plantea la crítica social.propone tres respuestas a la realidad: la adaptación e integración en los esquemas sociales, como es el caso del vampiro de Yo soy tu extraña historia, la locura por incapacidad de integración, como en Ella comía cardos y en Dimensión telefónica al séptimo potencial, y el cambio de identidad. Esta última es la idea recurrente a lo largo de todo el libro. Hay identificaciones niño-nutria al final de Las nutrias no piensan en el futuroHay confusión de percepción entre lo que es, un niño, y lo que se percibe, un gato, en Ese chico pelirrojo a quien veo cada día. Hay una mutación de niño a pájaro en Martín, el recién hermano de Martín, su padre, su madre, el médico, tía Juanita, las jaulas y un pájaro. Hay cambio de personalidad y confusión de sexo entre dos amigos y dos amigas, en Correo urgente, y así constantemente en la mayoría de los relatos. Son mutaciones extrañas, y tanto más sugerentes y simbólicas cuanto más inverosímiles.
Ana Mª Moix plantea además, problemas como la incomunicación, la deshumanización, la masificación urbana... Denuncia el rechazo sistemático de los estudios científicos, la incomprensión generacional, la proliferación de carnés que encasillan y etiquetan sistemáticamente al hombre, la violencia del sexo reprimido, adopta posturas ateístas, ridiculiza la juventud progresista y sus valores, etc., y todo ello desarrollado con una fina ironía que pone en evidencia la capacidad crítica de la autora, que presenta un universo simbólico con una "ilógica razonada".
Mezcla constantemente las pasiones con las ideas y, utilizando un "descuido" consciente en el lenguaje, consigue un equilibrio perfecto entre el razonamiento y el uso verbal, especialmente cuando se trata del lenguaje infantil.
El libro, en suma, es una continua sorpresa.