sábado, 5 de enero de 2013

Juan Benet

Hoy 5 de enero, hace 20 años, falleció el gran narrador Juan Benet. Pionero en su tiempo sigue siendo maestro de maestros. He aquí un ejemplo de su prosa, entresacada de su novela Una meditación (1970) en la que Benet acumula reflexiones en un ejercicio consciente de destrucción de su memoria, una meditación sobre el valor del tiempo, la acción y la memoria:
Cuando se vive solo el silencio es más resonante como lo son los sentimientos que no tienen salida y las palabras que no se pronuncian; y cuando no se tiene intimidad con nadie es difícil que alguien sepa interpretar gestos siempre imperfectos e incompletos, intenciones nunca manifiestas y actos que se quedan a mitad de camino por temor a que una realidad cada día más remota se ocupe de desviarlos de su propósito primero, insinuando un proceder que se aparta de una voluntad perpleja y disgustada; el niño que en efecto se ha quedado atrás  con la pierna manchada por la sangre que fluía de su rodilla, ante ella ya no será nunca un hombre libre y a expensas de otra cosa (ay, demasiado cara, ciertas cosas tiene la inconmensurable carestía de no ser nunca probadas) solo podrá reconstruir su libertad cuando desaparezca de su campo; y estando ella presente ni siquiera tendrá el poder para intentar su aniquilación. (...)
El amor destruye a la erótica y el único drama de esta -de carácter menor- es que también la inversa es cierta. La primera noche en la habitación de la fonda se había colgado de su cuello, empezó por desabrocharle los botones de la camisa y terminó por despojarle hasta de los calcetines para besarle y acariciarle desde la frente hasta los tobillos; no pegó ojo en toda la noche, no estuvo un minuto quieta y la mañana les sorprendió tiritando de frío, con el vientre tan solo  cubierto por su cabellera desmelenada, su cara hundida en el costado y su boca agarrada a la cadera derecha como una ventosa, la mejilla apoyada en sus rodilla juntas y empinadas y ambos cuerpos envueltos por el olor de la piel y el sudor, pechos y vientres y cuellos salpicados de arañazos y muestras de mordiscos, cabellos adheridos y señales de golpes y ronchas ondulantes y paralelas como muchos matasellos de una carta que tras buscar en vano por diferentes departamentos a su destinatario es finalmente devuelta a su remitente.
(...)
El final de esta conseguida novela lírica es de gran belleza, Es la representación en la que agoniza después de su largo recorrido por las intrincadas galerías de la memoria:
Apenas veía cuando llegó a la cerámica cuya fachada al principio no reconoció por la desaparición del barracón. Luego,adentrándose con temor, fue poco a poco pisando las cenizas que quedaban de él para caer de hinojos sobre el lugar que había ocupado su banco y restregarse la cara con la tierra negra, en busca de ese consuelo que solo se encuentra en la desesperanza. 

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