Navidad en puertas. Estamos en plena época de compras y me refiero
solo a las que se adquieren en un supermercado. Nada me parece bastante y cargo
productos de los más dispares que, no sé si se llegarán a consumir todos, se
estropearán o se perderán, olvidados en rincones de la despensa o del
frigorífico.
Justo cuando estoy más animada y feliz porque he ido llenando
hasta arriba, poco a poco, el carro de provisiones como si no hubiera un
mañana, empieza mi particular viacrucis. Vuelvo a sacarlas una a una y a
depositarlas sobre la cinta de la caja del supermercado (primera estación),
cuidándome de agrupar lo pesado con lo pesado y lo ligero a un lado para que no
se aplaste, pero corre más la cinta que mi mano y al final se revuelve todo. Es
entonces cuando me percato de que me he pasado, “si yo solo venía a por un par
de botellas de cava” –piensas. Cuando la compra ha pasado por el control de la
caja, devuelvo al carro todas las provisiones agrupadas en bolsas sin orden
(segunda estación), y todo mi ser se percata de la equivocación de haber cogido
un carro cuyas ruedas no giran bien. Me rompo la espalda intentando conducirlo
hasta el coche, ayudándome de la cadera, de los inexistentes músculos de brazos
y piernas, empujando el carro hacia adelante y tirando de él hacia atrás,
y siento cómo me va subiendo un huracán rojo de mal humor. ¡Premio!, al
final he conseguido llegar al coche y descargar toda la compra en el maletero
(tercera estación). Devuelvo el carro que sigue con las ruedas atascadas. Enciendo
la radio del coche para aliviar mi ánimo y conduzco un poco atropellada hasta
llegar al garaje. Al fin aparco en una plaza que hasta ahora no me había
parecido que estuviera tan lejos de la puerta del ascensor y empieza de nuevo
un trasiego más (cuarta estación) de bolsas, uno, dos, tres viajes, con los
brazos reblandecidos por el peso. En ese trayecto comienza la bolsa
“hijadeputa” a llamar la atención. Es la que más pesa, la que lleva un par de
botellas que no se tienen en pie y se vuelca, una y otra vez o, caprichosa, se
dobla escondiendo una de sus asas para ponerme a prueba. El traslado se
convierte en un auténtico festival.
Consigo llegar con todas las bolsas a la puerta del ascensor, con
el ánimo ya un poco violentado, es decir, con un cabreo monumental al recordar
que me dijeron “¿Quieres que te acompañe” – “No, no hace falta, voy a por
cuatro cosas de nada”.
El ascensor abre generoso sus puertas y de nuevo a transportar
bolsas al interior (quinta estación). A media carga se cierran estas malditas
puertas automáticas que siempre te pillan, alguien lo ha llamado y entonces,
con una mano en la tecla que impide que se cierren y otra estirada hacia las
bolsas, consigo arrastrar casi todas hasta dentro, pero la bolsa
"hijadeputa" se vuelve a volcar, se sale una de las botellas que
rueda lejos de mi alcance y no me queda más remedio que tirar otra vez de las
bolsas hacia afuera, arrastrándolas con una mano –si se dejan- de dos en
dos. Me salgo del ascensor. Insulto airada a la bolsa "hijadeputa",
recojo la botella con una rabiosa patada, a punto de romperse y vuelvo a
empezar la operación, llamando de nuevo al ascensor.
Esta vez consigo meter todas las bolsas (sexta estación), llegar
al rellano del piso y, cuando estoy con la mitad de bolsas dentro y la mitad fuera
del ascensor, vuelven a reclamarlo otra vez y. obediente a la llamada, intenta
cerrar sus puertas. Estampo el bolso, que cuelga pesadamente del hombro y
dificulta la reiterada tarea de carga y descarga (séptima estación) para ir más
ligera, y la bolsa "hijadeputa" vuelve a esconder una de sus asas, se vuelca de
nuevo y la botella sale alegre rulando. Quiere hacer un reconocimiento de su
nuevo domicilio. No puedo hacer nada para evitarlo, la botella va directa
a las escaleras, las baja salvajemente en su libertaria aventura, explota como
si de una bomba se tratara y el cava burbujeante celebra anticipadamente su
brindis con las escaleras.
Me vuelco con prisa en la nueva tarea, recojo los cristales,
fregona en mano saco brillo a los peldaños bañados y continúo con la labor
iniciada: desde el descansillo meto en la cocina (octava estación) las bolsas
que esperan su turno pacientemente en la puerta del piso y, una vez dentro,
intento (novena estación) colocar su contenido, inútilmente, porque la
despensa es pequeña y el frigo ya estaba ocupado. Parte de la compra se queda
esparcida sobre la encimera.
No puedo ni llorar. A mi personal viacrucis le faltan, por
suerte, cinco estaciones que esta vez no voy a recorrer aunque ello me suponga
no obtener la indulgencia plenaria que se deriva de completar las catorce de
que consta.
Dejo tirada la bolsa
"hijadeputa" en el suelo de la cocina, al lado de las otras, cojo una
lata de cerveza y pongo la televisión. Ya veremos cuándo paso a recoger.
1 comentario:
Observo que no conoces el truco del Posit. Es tan fácil como colocar una hojita de esas, en la célula fotoeléctrica que controla el cierre de las puertas. Pero cuidado, porque algún malpensado puede imaginar que es una señal para indicar visitas indiscretas a alguno de los apartamentos.
El otro truco es "adquirir" un carrito de supermercado y dejarlo en el garaje (a disposición de todos) con lo que te evitas muchas de tus estaciones. Lo puedes subir a casa y luego bajarlo. Te quedará más tiempo para que tu particular vía crucis lo puedas convertir en el de verdad y puedas dedicar más tiempo a hablar con Dios.
En Él está la solución a todos tus desencantos terrenales.
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